Por mi ventana se ve, no tan lejos, la falda del cerro toda verde y escabrosa. Veo sus riscos, casi distingo a las personas caminando por las veredas.
Y recuerdo.
Recuerdo como la última vez que fui la brisa secaba mi sudor, generado por el esfuerzo de trepar por entre las piedras.
Volteo a mi alrededor. Libros. Una biblioteca. Vivo dentro de ella, y aquí paso la mayor parte del día, de mis días. Y recuerdo un libro infantil donde se evocaba, a cada paso, un pájaro que volaba.
Me siento importante siendo la manda mas de una biblioteca. Controlando los libros, sus entradas, sus salidas, los prestamos, lo que puede tomarse o no. Me siento grande. No lo soy, pero así me siento.
Y entonces, sólo entonces, dejo de evocar ese paraíso terrenal en el que también estuve hace algunos días, y dejo de desear ser libre para poder irme a escalar y escuchar el sonido del viento entre los árboles, y el murmullo de los pájaros que se secretean cosas que quizá ya fueron dichas.
Dejo la libertad para sentirme segura dentro de estas cuatro paredes, llenas de libros que me hacen tener alguna coherencia vital.

1 comment:
Que padre...
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