Hoy en día tenemos aún el residuo léxico de nuestros, lejanos ya, días de comunistas militantes, férreos y apasionados. En algunos de los barrios en donde solían tener cabida los militantes han quedado estos vocablos como muestra innegable de una realidad pasada.
Ahora se utilizan para denominar a alguien, pero no a cualquiera, con el que tenemos una liga de carácter social. Cuando se utiliza la palabra compañero la usamos para designar a alguien con quien de alguna manera tenemos relación (laboral, social) pero que no conocemos aunque respetamos. Es como el título de respeto que conferimos para que sepa que para nosotros es muy importante, que ocupa un lugar, que no es cualquier persona.
En cambio, cuando designamos a alguien como camarada, estamos hablando de una persona que es más que un amigo o un hermano. Un camarada, en ese entonces, era un compañero de lucha que era tan leal y tan fiel que era incapaz de delatar a los compañeros de lucha así mediara la tortura, la fea y terrible tortura de las cárceles a las que llevaban a los militantes comunistas, de las que muchas veces los presos no salían vivos; a veces, los lazos entre estos presos o estos militantes, jóvenes en ese entonces casi todos, sólo eran la identificación dentro del grupo ideológico, del grupo de lucha. Y sin embargo, pese a ser tan débiles aparentemente, un camarada nunca abría la boca para delatar a un compañero.
Hay amigos, hay hermanos, y hay camaradas. Cuando se es camarada el lazo fraterno que nos une con esa persona es muchas veces mayor.
Residuos léxicos que ahora nos redefinen la escala de los cariños y las relaciones interpersonales. Pero que no es bueno que olviden su origen para que tampoco perdamos la dimensión que realmente poseen.

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