Mis ansias se escurrían fuera de mí contra mi voluntad, te lo aseguro. Mis manos volaban lejos como palomas deseando ser atrapadas. Mis planes no hechos y mis ganas de tenerte, porque me parecías demasiado bueno como para que fueras mío me traicionaban y se me salían por los poros mientras estabas sentado, allí, al lado mío todo cubierto por aquél grueso y rudo hábito café que te confería tu calidad de fraile. Monje, decía yo. Luego me explicaste la diferencia entre uno y otro, tan sutil que uno que está acá afuera no la sabe. Pero tan importante que si hubieses sido monje no te conozco, no te trato. No hubieses salido del claustro.
Y siento miedo cuando lo pienso. Siento pavor dentro de mi porque entonces como hubiese hecho para cazarte, pájaro rudo y huidizo. Rudo porque no eres nada dócil. Huidizo porque ah como batallé para cazarte, sobre todo porque te cacé sin usar escopeta alguna.
Mis ojos me traicionaban. Mis manos y mis ojos. Y mis sonrisas y mis ganas que se te entregaban sin yo quererlo, sin pretenderlo porque respetaba tu armadura. Tu gruesa armadura bajo la que te escondías, porque muchas veces te sirvió de escudo contra mí, te confesaste. En una lucha que ni siquiera pretendía que existiera porque me parecía que yo no era nada buena para ti. Entonces, me descuidé y dejé chorrear hacia afuera esos ríos de amor que se me salían por los ojos. Nunca tuve la precaución de retenerlos y fingir. Para que, si tu de todos modos no me escogerías, pensaba. Y mira. Mira ahora, tantos meses, tantos días, tantos abrazos después. Que bueno que tu si sabes leer los signos y no te esperas a las palabras expresas. Hoy eso tuvo para mí su recompensa, cuando te sentí en la madrugada. Tu cuerpo bañado por la luna, recostado, libre, profundamente dormido, entregado a este ensueño feliz que significa la existencia cotidiana me confesó que hice lo correcto. Hice lo correcto a pesar de que muchas veces le pregunté a Dios si no estaría haciendo mal por desviar a uno de sus mas queridos hijos de la vida consagrada. Hice lo correcto porque me descuidé y porque me dejé salir por los ojos y por los poros y por los rincones de las sonrisas. Hice lo correcto, ahora sólo me queda seguir las noches y los días viviéndolos como si fueran el último que estoy a tu lado. Intensamente. Que trillado, pero hay palabras insustituibles. Sólo intensamente vividos son correctos los días que corren al lado tuyo. Intensamente tuyos, mís días.

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