Los fuegos artificiales remontan el cielo desde la explanada, rápidos, certeros, toman por su cuenta el cielo y explotan en una miriada de luces que caen como cascadas hacia nosotros que los vemos desde abajo mudos del espanto, espectantes y fascinados.
Unos son más grandes que otros. Unos son más intensos. Unos silban y suben y zigzaguean como si se tratara de una pelea por ver quien es el que llega más alto, más lejos. Son naranjas, rojos, verdes, blancos, dorados. De muchos colores y de muchos tipos de explosión. Fuertes, pequeñas, silbonas.
Otros se escurren por el aire como las ramas de un sauce llorón. Algunos más construyen árboles calamáricos o corálicos por un instante, luego se apagan. Y los rastros, como medusas muertas, son arrastrados por el viento en una procesión de nubes de humo que se desbaratan y se acumulan en una nube final, seguramente aeropista para guerreros núbicos impensados.
Que padre poder ser el orquestador de fuegos, y con profunda emoción programar las explosiones de pólvora que van a mantener una multitud, por un instante, homogénea y plácida, disfrutando la sinfonía construída de modo tan preciso y certero.
Sinfonía de pólvora y fuego, de color y sonido. De miedo y de luz. De oscuridad y de humo.
Una vez que el océano del cielo se llena de esas profusas medusas que se desbaratan, tomamos el camino de regreso satisfechos y felices por haber visto desde tan cerca el espectáculo completo.
Nada nos queda más que la satisfacción de haber estado juntos, juntos y compartiendo nuestro cariño enmedio de esa multitud que desaparece cuando nos abrazamos los tres en nuestros abrazos de oso que nos unen como uno.

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