Tuesday, September 06, 2005

Esta mañana

La neblina estaba cubriendo las colonias y el campo que aún dormía cuando empezamos nuestra rápida carrera para internarnos en el aparato social en el que vivimos diariamente insertos desde nuestro puesto de trabajo. Y esto nos permitió ponernos a reflexionar.
Realmente, si contamos las horas de trabajo desde salir del hogar hasta volver a él, no tenemos mucha diferencia de los jornaleros de principios del siglo XX que trabajaban de sol a sol. De hecho, nosotros también nos levantamos con el alba -o un poco antes teniendo en cuenta que ya no son los gallos sino los despertadores los que nos recuerdan nuestros deberes-, la diferencia es que no nos acostamos, como ellos, con la puesta del sol. Seguimos trabajando en casa: en hacer comida para llevar al día siguiente y poder alimentarnos más sanamente que si compramos comida callejera, planchar, lavar, arreglar un poco la casa donde vivimos, bañar al niño, cenar, leer un poco y después caer a la cama como en coma, en un pesado sueño ininterrumpido hasta el siguiente día, cuando antes del alva tendremos que levantarnos nuevamente para repetir exacta la misma rutina por días y días destructores.
Todos los organismos gubernamentales se quejan de la alienación del individuo y de que se esté destruyendo la sociedad, la familia, que se estén perdiendo los valores. Ahí es donde caigo en cuenta de que Marx no era un teórico económico, sino un visionario, un profeta.
Porque los sistemas de producción capitalista, esos en los que vivimos y felizmente nos desarrollamos, exigen jornadas laborales imposibles de ser interrumpidas mas que el breve momento que dedicamos a comer (obviamente alejados de nuestras familias) para volver inmediatamente, sin reposo alguno, a ocupar nuestro puesto de trabajo para continuar produciendo frío numerario.
Tenemos derechos. Los hemos ganado, pensamos adentro de nuestras empequeñecidas y adoctrinadas mentes. Tenemos derecho a una semana de vacaciones por todo un año laboral, tenemos derecho a que estas vacaciones aumenten un día por año de antiguedad en el empleo, tenemos derecho a que nuestras horas laborales se nos paguen en el mínimo permitido para subsistir, y que encima se nos abrume con cuotas de impuestos gubernamentales que nos ahorcan.
En europa obligan a las personas a tomar un mínimo de un mes de vacaciones, en los paises mas pobres. En éste, si estamos de vacaciones o de descanso preferimos hacer todo aquello que no podemos en los días laborables y nos enfrascamos en otro tipo de trabajo, pero trabajo al fin.
El descanso no existe, no es posible conocerlo en este universo, que los teóricos económicos llaman tercermundista.
Entonces, si los horarios y estas jornadas laborales agotadoras es lo que reduce al mínimo la convivencia familiar y no nos permite crear lazos fuertes o inyectar valores en nuestros hijos, la solución podría ser el autoempleo, las empresas familiares en las que incluso laborando se convive. Otra peligrosa arma de doble filo. Porque entonces las relaciones familiares se vuelven laborales, y los turnos de trabajo se extienden para poder conseguir tener una vida digna, aunado a un aumento considerable en el índice de estres que, como las labores económicas, ahora compartiríamos con nuestros hijos, esposa, esposo, y demás.
Una solución posible. ¿Existe, es fácil encontrarla? Dicen que para poder resolver un problema lo primero que tenemos que hacer es reconocerlo. Entonces, reconozco que los tecnócratas que aumentan lo máximo legalmente permitido las jornadas laborales son los que destruyen a la sociedad desde su célula misma, la familia.
Por tanto, a todas las organizaciones llenas de esposas de esos mismos tecnócratas, que buscan resarcir las culpas heredadas de sus cómodas vidas económicamente deshaogadas ayudando a los socialmente desprotegidos, se los comunico. No hay que inyectar valores en una sociedad desvalorizada, sino convencer a sus maridos que no ven (porque de hecho tienen peores jornadas que las de sus trabajadores) de que reduzcan las jornadas laborales de modo que las familias puedan convivir por lo menos una hora más diariamente, para tratar de conocerse o intentar convivir.
O, individualmente, sortear todos los paradigmas en contra y conseguir un maravilloso empleo que nos permita estar un poco más en casa, y poder seguir comiendo y viviendo una existencia cómoda en la que los valores económicos, impuestos también, sean racionalmente reducidos a su tamaño exacto para permitirnos saber que lo que importa son las personas, y no las pat fainders, o los play station, o los perfumes carísimos.

1 comment:

L. said...

Vivimos a veces de esa utopía. recuerdo cuando trabajaba en Santander. Era lo mismo. Hacía dos horas de camino, a veces tres todos los días, más el regreso asfixiante en el metro (un metro nauseabundo, conglomerado, sudoroso, de hombre que no le cedían en lugar a mujeres grandes o con niños en brazos).

Pero, Ana, de esas labores uno puede sacar un beneficio, siempre.