Friday, September 30, 2005

Las sombras

Ayer en la noche empezaron a acercarse las sombras, las sombras de lo trágico, de lo funesto. Suena terrible, pero así fue. Sucesos infortunados que se encadenan, y que tienen como única liga entre sí el hecho de que yo los ví recién ocurridos, o cercanos a mí emocionalmente.
Estando estacionada, esperaba que volviera Rafa de comprar una barra de pan y oí un frenon a la izquierda. Un señor que venía en una camioneta por poco y se lleva al ciclista que venía por enmedio del pequeño estacionamiento. El copiloto se bajó bociferando contra el pobre ciclista azorrillado porque rayó la camioneta, tan blanca y tan limpia. No pasó a mayores, unas cuantas consideraciones y el ciclista se fue.
Luego, en la mañana, un accidente en la vía muy cerca del trabajo. Vi el vehículo. Era el bocho blanco de una de las compañeras con una abolladura muy extraña del lado superior derecho del carro. Un choque impacta abajo, no arriba. Tenía la mitad del parabrisas quebrado, y ella hablaba con un agente mientras una mujer a su lado, que no alcancé a reconocer hablaba por el celular. Y pensé, ah, Elvira, que le habrá pasado. Obvia decir que la preocupación fue poca pero inmediata. "Fué un atropellado" dijo Rafa que iba manejando a mi lado. Y entonces pude ver al señor como de cincuenta, gordo y pesado, recostado en un charco de sangre tres metros más atrás del vehículo. La sangre estaba fresca, y el charco crecía mientras el señor mostraba un cráneo muy dañado. Entonces sí que me sobrecogí, me asusté, me angustié. Pensé en que ella quedaría consignada y en mil quinientas historias en las que la eximía de toda responsabilidad. Obvio, la conozco y simpatizamos, aunque no podemos decir que somos amigas. Luego, ya dentro de la escuela escuché muchas versiones: que había atropellado a un niño. Mentira, y expliqué que se trataba de un señor, que yo lo vi y recién había pasado cuando lo ví. Que ella había tenido la culpa por ir por el carril del Metrobús. Bueno, eso quien sabe. Y empezaron a surgir las versiones.Y las preocupaciones porque si el señor se moría a ella le iba a ir peor.
Ahora la versión oficial es que una camioneta frenó y el señor chocó incapaz de detenerse; se fué de lado, volando, y vino a estrellarse en el parabrisas de Elvira, quien ahorita está en el Ministerio Público. Entonces, a ella le llovió un señor y el responsable, uno que manejaba camioneta, como el de anoche, se fue. Ella no se echó la culpa como le decían. Que bueno. Mínimo la tragedia le pasó a una mujer fuerte que no se deja azorrillar y que se sabe defender.
Mientras masticaba la angustia por saber como está ella me habla Rafa por teléfono también con una noticia muy mala: que la Frida había sido atropellada. Y que nosotros la atropellamos en la mañana. Mentira. Yo la vi como salió de abajo del carro corriendo cuando el auto encendió y como se fue, una vez que nosotros nos movimos, para volver al pedacito de hierba que seguramente todavía estaba calientito donde había estado echada.
Rafa dice que no sintió nada. Pues claro. No la atropelló nadie. Un perro grita. Lo sé porque así fue como maté a la Picachú, con todo el dolor que todavía eso me produce. Entonces, si la Loba estaba acosándola desde hace días, pensé que es ella la que debe de haberla mordido. Luego me habló mi mamá para decirme que el veterinario, que está viva, que hay que medicarla y tantas cosas más. Yo le dije lo de la Loba y por qué sé que no fuimos nosotros. Ella me alzó la voz y me dijo que el veterinario sabía mejor que yo lo que había pasado porque él la revisó. Pero yo la ví en la mañana. Y yo la vi bien, totalmente bien. Ahora solamente me queda cuidarla hasta que sane.
La tragedia de Elvira fue mucho mayor, ya se sabe. Pero la Frida va a tardar seis meses en recuperarse y la voy a cuidar yo. Entonces, me toca más de cerca. Sólo Dios sabe por ahora si ésta es la última tragedia que me toca ver.

Friday, September 23, 2005

Compañero, camarada

Hoy en día tenemos aún el residuo léxico de nuestros, lejanos ya, días de comunistas militantes, férreos y apasionados. En algunos de los barrios en donde solían tener cabida los militantes han quedado estos vocablos como muestra innegable de una realidad pasada.
Ahora se utilizan para denominar a alguien, pero no a cualquiera, con el que tenemos una liga de carácter social. Cuando se utiliza la palabra compañero la usamos para designar a alguien con quien de alguna manera tenemos relación (laboral, social) pero que no conocemos aunque respetamos. Es como el título de respeto que conferimos para que sepa que para nosotros es muy importante, que ocupa un lugar, que no es cualquier persona.
En cambio, cuando designamos a alguien como camarada, estamos hablando de una persona que es más que un amigo o un hermano. Un camarada, en ese entonces, era un compañero de lucha que era tan leal y tan fiel que era incapaz de delatar a los compañeros de lucha así mediara la tortura, la fea y terrible tortura de las cárceles a las que llevaban a los militantes comunistas, de las que muchas veces los presos no salían vivos; a veces, los lazos entre estos presos o estos militantes, jóvenes en ese entonces casi todos, sólo eran la identificación dentro del grupo ideológico, del grupo de lucha. Y sin embargo, pese a ser tan débiles aparentemente, un camarada nunca abría la boca para delatar a un compañero.
Hay amigos, hay hermanos, y hay camaradas. Cuando se es camarada el lazo fraterno que nos une con esa persona es muchas veces mayor.
Residuos léxicos que ahora nos redefinen la escala de los cariños y las relaciones interpersonales. Pero que no es bueno que olviden su origen para que tampoco perdamos la dimensión que realmente poseen.

Tuesday, September 20, 2005

Esa Noche

Mis ansias se escurrían fuera de mí contra mi voluntad, te lo aseguro. Mis manos volaban lejos como palomas deseando ser atrapadas. Mis planes no hechos y mis ganas de tenerte, porque me parecías demasiado bueno como para que fueras mío me traicionaban y se me salían por los poros mientras estabas sentado, allí, al lado mío todo cubierto por aquél grueso y rudo hábito café que te confería tu calidad de fraile. Monje, decía yo. Luego me explicaste la diferencia entre uno y otro, tan sutil que uno que está acá afuera no la sabe. Pero tan importante que si hubieses sido monje no te conozco, no te trato. No hubieses salido del claustro.
Y siento miedo cuando lo pienso. Siento pavor dentro de mi porque entonces como hubiese hecho para cazarte, pájaro rudo y huidizo. Rudo porque no eres nada dócil. Huidizo porque ah como batallé para cazarte, sobre todo porque te cacé sin usar escopeta alguna.
Mis ojos me traicionaban. Mis manos y mis ojos. Y mis sonrisas y mis ganas que se te entregaban sin yo quererlo, sin pretenderlo porque respetaba tu armadura. Tu gruesa armadura bajo la que te escondías, porque muchas veces te sirvió de escudo contra mí, te confesaste. En una lucha que ni siquiera pretendía que existiera porque me parecía que yo no era nada buena para ti. Entonces, me descuidé y dejé chorrear hacia afuera esos ríos de amor que se me salían por los ojos. Nunca tuve la precaución de retenerlos y fingir. Para que, si tu de todos modos no me escogerías, pensaba. Y mira. Mira ahora, tantos meses, tantos días, tantos abrazos después. Que bueno que tu si sabes leer los signos y no te esperas a las palabras expresas. Hoy eso tuvo para mí su recompensa, cuando te sentí en la madrugada. Tu cuerpo bañado por la luna, recostado, libre, profundamente dormido, entregado a este ensueño feliz que significa la existencia cotidiana me confesó que hice lo correcto. Hice lo correcto a pesar de que muchas veces le pregunté a Dios si no estaría haciendo mal por desviar a uno de sus mas queridos hijos de la vida consagrada. Hice lo correcto porque me descuidé y porque me dejé salir por los ojos y por los poros y por los rincones de las sonrisas. Hice lo correcto, ahora sólo me queda seguir las noches y los días viviéndolos como si fueran el último que estoy a tu lado. Intensamente. Que trillado, pero hay palabras insustituibles. Sólo intensamente vividos son correctos los días que corren al lado tuyo. Intensamente tuyos, mís días.

Monday, September 19, 2005

la Fiesta

Los fuegos artificiales remontan el cielo desde la explanada, rápidos, certeros, toman por su cuenta el cielo y explotan en una miriada de luces que caen como cascadas hacia nosotros que los vemos desde abajo mudos del espanto, espectantes y fascinados.
Unos son más grandes que otros. Unos son más intensos. Unos silban y suben y zigzaguean como si se tratara de una pelea por ver quien es el que llega más alto, más lejos. Son naranjas, rojos, verdes, blancos, dorados. De muchos colores y de muchos tipos de explosión. Fuertes, pequeñas, silbonas.
Otros se escurren por el aire como las ramas de un sauce llorón. Algunos más construyen árboles calamáricos o corálicos por un instante, luego se apagan. Y los rastros, como medusas muertas, son arrastrados por el viento en una procesión de nubes de humo que se desbaratan y se acumulan en una nube final, seguramente aeropista para guerreros núbicos impensados.
Que padre poder ser el orquestador de fuegos, y con profunda emoción programar las explosiones de pólvora que van a mantener una multitud, por un instante, homogénea y plácida, disfrutando la sinfonía construída de modo tan preciso y certero.
Sinfonía de pólvora y fuego, de color y sonido. De miedo y de luz. De oscuridad y de humo.
Una vez que el océano del cielo se llena de esas profusas medusas que se desbaratan, tomamos el camino de regreso satisfechos y felices por haber visto desde tan cerca el espectáculo completo.
Nada nos queda más que la satisfacción de haber estado juntos, juntos y compartiendo nuestro cariño enmedio de esa multitud que desaparece cuando nos abrazamos los tres en nuestros abrazos de oso que nos unen como uno.

Thursday, September 15, 2005

Todo huele a fiesta

Todo huele a fiesta patriota. Patriotera. Sólo hay unos pocos que se abstienen de participar y no comen, no bailan. Quizá de deveras tampoco sienten o aman este país. Quien sabe.
Escondida detrás de mi misma observo a mi alrededor y disfruto de esos trajes típicos que ya no lo son, de esa comida típica que tampoco lo es, de esos peinados de porcelana y de esas caras maquilladas como de muñequita. Falsas, falsas, falsas, divinamente falsas.
Otros tienen la fortuna de poseer la camiseta del equipo mexicano de futbol y con eso cubren la necesidad de sentirse parte de esta patria portando alguna ropa alusiva al 16 de septiembre que nos liberó de España, y que nos señala como mexicanos porque lo mexicano solamente es ser chinaco, china poblana, o aficionado al futbol, supongo. Porque no he visto a nadie con cuerera, por ejemplo, o con uniforme de obrero, y que vaya, tambien son altamente mexicanos.
Obvio, nos liberamos para volvernos esclavos de alguien más. Eso lo sabemos pero hoy nos toca el mitote y lo olvidamos. Antojitos en la plaza, gritos, alegría, gente, fuegos pirotécnicos, tepache, cazuelas, fritanga.
Como si no supieramos que nuestra ropa, nuestras costumbres, nuestra comida y nuestro lenguaje también está globalizado. Por lo tanto, nuestro traje típico es un pantalón de mezclilla y una playera, o el uniforme del trabajo que es lo que utilizamos la mayor parte del día. Y nuestra comida una pizza rapida, un kentuky, un mc donalds en el peor de los casos, y una carl's junior en el mejor. Y como si no supieramos que esa misma globalización ha terminado de alienarnos y convertirnos en eso que vagamente nos explicaban como un concepto abstracto: el hombre masa.

Tuesday, September 06, 2005

La libertad

Por mi ventana se ve, no tan lejos, la falda del cerro toda verde y escabrosa. Veo sus riscos, casi distingo a las personas caminando por las veredas.
Y recuerdo.
Recuerdo como la última vez que fui la brisa secaba mi sudor, generado por el esfuerzo de trepar por entre las piedras.
Volteo a mi alrededor. Libros. Una biblioteca. Vivo dentro de ella, y aquí paso la mayor parte del día, de mis días. Y recuerdo un libro infantil donde se evocaba, a cada paso, un pájaro que volaba.
Me siento importante siendo la manda mas de una biblioteca. Controlando los libros, sus entradas, sus salidas, los prestamos, lo que puede tomarse o no. Me siento grande. No lo soy, pero así me siento.
Y entonces, sólo entonces, dejo de evocar ese paraíso terrenal en el que también estuve hace algunos días, y dejo de desear ser libre para poder irme a escalar y escuchar el sonido del viento entre los árboles, y el murmullo de los pájaros que se secretean cosas que quizá ya fueron dichas.
Dejo la libertad para sentirme segura dentro de estas cuatro paredes, llenas de libros que me hacen tener alguna coherencia vital.

Esta mañana

La neblina estaba cubriendo las colonias y el campo que aún dormía cuando empezamos nuestra rápida carrera para internarnos en el aparato social en el que vivimos diariamente insertos desde nuestro puesto de trabajo. Y esto nos permitió ponernos a reflexionar.
Realmente, si contamos las horas de trabajo desde salir del hogar hasta volver a él, no tenemos mucha diferencia de los jornaleros de principios del siglo XX que trabajaban de sol a sol. De hecho, nosotros también nos levantamos con el alba -o un poco antes teniendo en cuenta que ya no son los gallos sino los despertadores los que nos recuerdan nuestros deberes-, la diferencia es que no nos acostamos, como ellos, con la puesta del sol. Seguimos trabajando en casa: en hacer comida para llevar al día siguiente y poder alimentarnos más sanamente que si compramos comida callejera, planchar, lavar, arreglar un poco la casa donde vivimos, bañar al niño, cenar, leer un poco y después caer a la cama como en coma, en un pesado sueño ininterrumpido hasta el siguiente día, cuando antes del alva tendremos que levantarnos nuevamente para repetir exacta la misma rutina por días y días destructores.
Todos los organismos gubernamentales se quejan de la alienación del individuo y de que se esté destruyendo la sociedad, la familia, que se estén perdiendo los valores. Ahí es donde caigo en cuenta de que Marx no era un teórico económico, sino un visionario, un profeta.
Porque los sistemas de producción capitalista, esos en los que vivimos y felizmente nos desarrollamos, exigen jornadas laborales imposibles de ser interrumpidas mas que el breve momento que dedicamos a comer (obviamente alejados de nuestras familias) para volver inmediatamente, sin reposo alguno, a ocupar nuestro puesto de trabajo para continuar produciendo frío numerario.
Tenemos derechos. Los hemos ganado, pensamos adentro de nuestras empequeñecidas y adoctrinadas mentes. Tenemos derecho a una semana de vacaciones por todo un año laboral, tenemos derecho a que estas vacaciones aumenten un día por año de antiguedad en el empleo, tenemos derecho a que nuestras horas laborales se nos paguen en el mínimo permitido para subsistir, y que encima se nos abrume con cuotas de impuestos gubernamentales que nos ahorcan.
En europa obligan a las personas a tomar un mínimo de un mes de vacaciones, en los paises mas pobres. En éste, si estamos de vacaciones o de descanso preferimos hacer todo aquello que no podemos en los días laborables y nos enfrascamos en otro tipo de trabajo, pero trabajo al fin.
El descanso no existe, no es posible conocerlo en este universo, que los teóricos económicos llaman tercermundista.
Entonces, si los horarios y estas jornadas laborales agotadoras es lo que reduce al mínimo la convivencia familiar y no nos permite crear lazos fuertes o inyectar valores en nuestros hijos, la solución podría ser el autoempleo, las empresas familiares en las que incluso laborando se convive. Otra peligrosa arma de doble filo. Porque entonces las relaciones familiares se vuelven laborales, y los turnos de trabajo se extienden para poder conseguir tener una vida digna, aunado a un aumento considerable en el índice de estres que, como las labores económicas, ahora compartiríamos con nuestros hijos, esposa, esposo, y demás.
Una solución posible. ¿Existe, es fácil encontrarla? Dicen que para poder resolver un problema lo primero que tenemos que hacer es reconocerlo. Entonces, reconozco que los tecnócratas que aumentan lo máximo legalmente permitido las jornadas laborales son los que destruyen a la sociedad desde su célula misma, la familia.
Por tanto, a todas las organizaciones llenas de esposas de esos mismos tecnócratas, que buscan resarcir las culpas heredadas de sus cómodas vidas económicamente deshaogadas ayudando a los socialmente desprotegidos, se los comunico. No hay que inyectar valores en una sociedad desvalorizada, sino convencer a sus maridos que no ven (porque de hecho tienen peores jornadas que las de sus trabajadores) de que reduzcan las jornadas laborales de modo que las familias puedan convivir por lo menos una hora más diariamente, para tratar de conocerse o intentar convivir.
O, individualmente, sortear todos los paradigmas en contra y conseguir un maravilloso empleo que nos permita estar un poco más en casa, y poder seguir comiendo y viviendo una existencia cómoda en la que los valores económicos, impuestos también, sean racionalmente reducidos a su tamaño exacto para permitirnos saber que lo que importa son las personas, y no las pat fainders, o los play station, o los perfumes carísimos.