En mi casa sembré dos árboles. Un ficus está a la orilla del camino que entra, el otro atrás de mi cactus para que diera sombra en un sitio en donde con gran trabajo desenraicé unos matorrales. Como me tardé para ello. Hasta tuvo que ayudarme Rosa porque estaban perfectamente unidos a la tierra. Y cómo me encontré gallinas ciegas que saqué y maté. Luego a mi árbol le puse tabaco en polvo, especial para que no hubiera ya animales que se comieran sus raíces. El otro, en cambio, siempre ha sido más sano y lo tengo más descuidado. Y la tierra en donde está sembrado es de más mala calidad. Enfrente de la ventana de la cocina está mi cactus. Un cactus que amo porque lo tengo desde que era lo suficientemente pequeño como para que estuviera en media lata de coca cola desechable.
No ha querido echar hijos. Se ha encaprichado desde que su último hijo se lo masticó una vaca en un ataque de voracidad.
No sé si viva mi ruda. Está sembrada de modo que solamente puedo verla desde la ventana del baño. Yo limpié ese jardín y he tratado de mantenerlo decente. sembré aquí y allá. Algunas plantas se me han secado. Y me he obstinado en mantener los árboles del monte que son altos para que parezca un bosquecillo. Rafa algunas veces hizo planes y ya veía la máquina sacándolos de raíz y emparejando el terreno. Ah como me horroricé por eso.
Y ahora esa casa que tanto he amado ya no es mía. Ni mis árboles, ni mi jardín. Sus cortinas se cerraron cuando empezaron los problemas legales. Y dejé de ver para afuera cada vez que abría los ojos con libertad. Luego tuvimos que irnos por la tensión y permaneció como el lejano tesoro al final del arcoiris, la patria a la que volveríamos. Y luego salió un nuevo cambio que nos llevó a nuevos horizontes.
Entonces se murió mi papá. Yo sé que mi papa no era el dueño legal de esas tierras. Yo sé que en realidad el nunca tuvo nada material por el afán de darnos a nosotros lo poco o mucho que ganaba de dinero, bien repartidito entre todos todos sus hijos. Pero le hice el gusto de que tuviera un velorio que contrariaba las ordenes supremas de la viuda portentosa. Y ahora mi casa ya no es más mi casa. Mi cactus probablemente se muera, igual y se sobrepone como mis ficus o mi ruda. Solamente volveré por unas cuantas cosas. Casi nada es mio, casi nada vendrá a acompañarme a esta nueva casa.
El pinto vendrá, pero ni mi cactus ni mis árboles podrán acompañarme. para estas fechas es seguro que mi cactus logró su cometido de extender sus raíces y salirse por el hoyito que tienen las macetas como drenaje para que las raíces no se pudran. Y como tiene allí dos años, esa raíz debe de estarse volviendo gorda e importante.
Iré sólo a despedirme, acomodarlos para su vida y decirles adiós. Me duele dejar todo nuevamente, sobre todo porque mucho de eso ya había echado hondas raíces. Tal como pensé que mis propios pies lo habían hecho. Ahora me doy cuenta que no volveré jamás y me duele en el alma reconocerlo.
Reconocer que dejo no sólo mis árboles, mi jardín, mis plantas. Sino también mis esperanzas y mis ilusiones y mi posible lugar para morir.

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