Monday, January 09, 2006

Mi muerto

Detrás del muro con una corona de flores desmayadas
doblando a la derecha
descubrías la caja plateada de metal.
A los lados, por todos los flancos
también había flores y coronas, unas más vivas que otras
aguardándolo, marchitándose como su cascarón.
Porque mi muerto
Mi guapo muerto
que ya se había muerto ayer para esa hora
se corrompía y se ajaba igual que las flores.
Quedó como dormido
-lo maquilló un artista-
sólo en los labios faltó algo de color.
Mi guapo muerto
Mi muerto guapo
Yo quise compartirte mientras te tuve conmigo.
Todo el día me pregunté que se hace cuando uno tiene un muerto
un muerto tan grande que no se puede echar a la espalda
en la mochila para llevarlo por allí.
Por eso lo compartía con todos los que conocí
y que vinieron a echarle una miradita y a mi unas palabras de consuelo.
Como si con palabras se llenara el hueco
su importante hueco.
Y nos quedamos solos. Mi muerto y mi marido y yo.
Y fue entonces cuando sentí que era más mi muerto porque yo estaba con él
en todo momento, más que nadie
Y de nuevo me pesaron el olor a flores y la soledad, nuestra soledad
y esa falta de velas sustituidas con bombillos
y esas horrendas pantallas como ensaladeras de cristal cortado
unas al derecho
otras al revez
que lo que querían era dar una iluminación pobre y efectista
para lograr clima de lo mortuorio
-supongo yo-
y mi muerto que quería encoger los labios y mandarme un beso
como hacía cuando me tenía lejecitos
sonriendo como quiera con una placidez
mientras a mi se me cargaba la tristeza de perderlo.
Y lloré todo lo que pude.
Lloré por su soledad, por las flores que se marchitaban
porque no había rezos ni llantos ni viejas que estuvieran cafeceandolo como se debía
porque dentro de su ataúd no incluyeron sus cosas necesarias
-su cobija, su cocacola, sus taquitos de pollo ni su periódico-
y lloré por mi misma
ahi sola. Porque lo dejaron sólo a él. Porque no estaba su viuda
su portentosa viuda que hizo alarde de muchas lágrimas todo el día
y que cuando se vio sola
sola con el muerto y sus hijos mas cercanos y veleidosos
se fue a dormir terminando la sesión de lágrimas y dejando al muerto solo
como quería dejarlo quizá para vengarse del abandono sufrido en algún tiempo.
Pero mi muerto era más fuerte, y por eso sonreía.
Porque sabía que lo amaba y que como lo amaba no permitiría que eso sucediera.
Y se dió. Entraron sus otros hijos, sus hermanos, sus sobrinos
poquitos dentre tantos que son
porque mi abuela tuvo muchos muchos y ellos a su vez tantos y tantos
("pa que aiga" dijo una tía riéndose y riéndose de tantos queran)
y volvieron eso un velorio de deveras
con anécdotas de lo que hacía y de lo bromista que era.
Mi muerto. Mi muerto entonces tuvo un velorio decente.
Y cuando amaneció un entierro
con un discurso pobre, pobrísimo
que dio un triste empleado de la funeraria -o el panteón que es lo mismo-
porque no quiso nadie de ninguna familia hablar
o porque a nadie lo consultaron verdaderamente.
Yo me pude despedir y es lo que importa.
Le dije que me esperara donde fue
porque vendrá por mí cuando sea más vieja (yo espero)
y desde entonces no le lloro.
Y sé que su sonrisa era de sorna, en realidad.

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