Friday, November 11, 2005

Una tarde

Una tarde, poco antes de abandonar la biblioteca en la que trabajo y casi vivo, decidí subir la cortina y ver al exterior la forma en que moría la tarde. Este era uno de mis pasatiempos favoritos cuando era más joven y tenía más tiempo.
Y pude ver algo increíble y nuevo, que es lo maravilloso de ver todos los días el atardecer porque nunca son iguales, lo que me hace acordarme del Principito y su afición.
De frente me toca la vista del cerro, y puedo ver como mi horizonte se parte en dos. De un lado ya está la penumbra y se ha alejado el sol, y del otro aún permanecen los rayos amarillos calentando las casas y las gentes. Como dragones, unas nubes galopaban por encima de las crestas, por enmedio de la silla y mientras de un lado estaban sombrías y sin matices del otro iban cabalgando por una llanura nubar soleada en la que pequeños chopos de estratos, altos en exceso, permanecían inmóviles.
Las ví transcurrir y no pude guardar silencio. A dos niños que tenía cerca se los dije y por un momento compartimos el bello espectáculo que nos daba la ventana.
Y yo me llené de secreta nostalgia por mis tardes en libertad, cuando me trepaba todos los días a una loma en el rancho para ver como se iba el sol atrás del cerro. Salí despavorida cuando ya el espectáculo había pasado y las luces de los coches comenzaban a encenderse, para iniciar mi carrera diaria hacia el nuevo sitio donde vivo, y donde me gusta estar porque hay un clima cordial que pocas veces se rompe.

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