Tuesday, November 29, 2005

En la mañana en el colegio
ruidos azules de cantos infantiles
subrayados por la flauta
acompañados del vaivén acompasado
de un mono de nieve que se mece con la brisa helada.
Los pasillos son impensables
sin chaqueta.
He llegado a la biblioteca, refugio cálido
donde rodeada de libros y añosos poemas enciclopédicos
que me espantan
transcurrirá el día lentro y tranquilo,
entre el entrar y salir de niños
contentos, enojados, ilusos
o desilusionados.
Eso pienso mientras el sol hace su recorrido cotidiano
afuera de las ventanas.
Ahora me explico por que todos los poetas
preferían ser comunistas.

Monday, November 14, 2005

Esta mañana me ha dado por extrañar mi casa mientras en una foto decenas de hombres negros se hacinan en las cárceles africanas. Siento nostalgia de mis perros y de mis espacios, de la humedad de las paredes mientras veo, curiosa, ese amasijo de humanidad.
No sé la relación de donde venga. No sé que tiene que ver una cosa con la otra. Lo que sí se es que siento mucha mucha nostalgia del espacio que ya estará con las hierbas más crecidas, no sé si más humedo o más limpio que cuando nos fuimos.
Ignoro entonces la atmósfera encerrada entre esas paredes que significan mi casa.
La casa de Isadora, nuestro refugio temporal -y que también está encerrada- huele un poco a tabacos viejos, a Pepe que se ha ido (ya casi no quedan olores de esos) a dormido cuando nosotros despertamos en la habitación cerrada. Si no salimos y no abrimos la ventana el olor permanece. Si nos vamos, pues abrimos y el aire se lleva nuestro olor familiar, un poco a polvo y a cobijas calientitas.
También huele a cocina que ya está dormida cuando todo está apagado, y a trastes lavados y a la estufa que ya no está funcionando y a restos del café que nos tomamos.
Huele calientito porque está seca. Huele a abrigado.
Mi casa huele un poco a frío, a húmedo por el arroyo cerca. Pero huele a mis olores, a nuestros olores. Se siente la cama fría y la cocina también. Hago el café y el olor no permanece mucho rato.
Pero huele bien. Huele a mi hogar. Huele a monte y a arañas y a rancho. Al rancho verde porque ha llovido.
Ayer Miguelito se estaba acordando del Pinto. Yo también lo extraño a pesar de que acá con Isadora tenemos al Tizo.
Quizá la relación entre los africanos y nosotros viene a que nosotros también dormimos hacinados los tres en una misma cama, o a que permanecemos en un sitio donde nadie conoce, olvidados alegremente por la humanidad. No le he dado la dirección ni a mi mamá. Espero aprendermela aunque, para mi desgracia, no duraré mucho tiempo allí.
Y es una desgracia porque el fin de semana reciente, ese que disfruté tantísimo, fue el primero desde el mes de agosto en que permanecí segura y en paz.

Friday, November 11, 2005

Una tarde

Una tarde, poco antes de abandonar la biblioteca en la que trabajo y casi vivo, decidí subir la cortina y ver al exterior la forma en que moría la tarde. Este era uno de mis pasatiempos favoritos cuando era más joven y tenía más tiempo.
Y pude ver algo increíble y nuevo, que es lo maravilloso de ver todos los días el atardecer porque nunca son iguales, lo que me hace acordarme del Principito y su afición.
De frente me toca la vista del cerro, y puedo ver como mi horizonte se parte en dos. De un lado ya está la penumbra y se ha alejado el sol, y del otro aún permanecen los rayos amarillos calentando las casas y las gentes. Como dragones, unas nubes galopaban por encima de las crestas, por enmedio de la silla y mientras de un lado estaban sombrías y sin matices del otro iban cabalgando por una llanura nubar soleada en la que pequeños chopos de estratos, altos en exceso, permanecían inmóviles.
Las ví transcurrir y no pude guardar silencio. A dos niños que tenía cerca se los dije y por un momento compartimos el bello espectáculo que nos daba la ventana.
Y yo me llené de secreta nostalgia por mis tardes en libertad, cuando me trepaba todos los días a una loma en el rancho para ver como se iba el sol atrás del cerro. Salí despavorida cuando ya el espectáculo había pasado y las luces de los coches comenzaban a encenderse, para iniciar mi carrera diaria hacia el nuevo sitio donde vivo, y donde me gusta estar porque hay un clima cordial que pocas veces se rompe.

Monday, November 07, 2005

Esta Mañana

Otra vez empieza el día.
Sale el sol, son las siete, date prisa.
Pero este día es diferente
en este día algo cambia, algo ineludible
yo tengo resistencias pero no las digo
porque no tiene caso decirlas
y al mismo tiempo creo que quizá
sólo quizá
nos ayude a dejar algo de peso inmaterial que nos está ahogando.
Dejar atrás algo de karma viejo
para empezar a tejer el nuestro.
Ahora si, el nuestro solamente.
Que anhelo.
Todos los cambios siempre traen algo nuevo:
la transición
es lo que se dificulta.
Sentimentalmente por lo pronto
se abren nuevas puertas:
los ojos de tu madre tranquilos y que poco a poco
-igual que tu y que yo-
iban perdiendo lo nervioso
y se iban familiarizando y se destensaban y contaban y contaban
anécdotas queridas que traen la presencia de personas amadas.
Son como presagios
buenos presagios porque los muertos, los buenos muertos,
también están con nosotros en ese instante.
Puertas y presagios y cambios y juntos.
Seguramente es bueno.
Desde el momento en que estamos platicando y discutiendo y acordando
y los tratados internacionales del país Rafaélico,
beligerante y juicioso,
y el país práctico de las Mercedes
se solucionan
vamos bien.
Cuando la conversación se acabe
junto con las calles llenas de baches que nos obligan a detenernos y repelar y odiarnos un momento
estaremos definitivamente muertos.

Tuesday, November 01, 2005

TRIBUTO

¿Quien deseas que sea?
Tu sombra parcialmente revelada que tras un ropero te observa. La compañera inseparable de tus días sin dudas y de tus desvelos sin horizontes.
Vertical u horizontal. A veces flotando encima de tu propia conciencia. Tu hermana imprevista, tu amada ausente.
¿Quién soy yo?
Mi definición abarca la memoria del tiempo y de las razas humanas. Vivo y pervivo solamente por la adoración que tienes a lo desconocido. Te hablo, te poseo. Te deseo y te abarco sin estar nunca más lejos que a un brazo de tu hombro izquierdo.
No tengo carne. Ni calor. No tengo sangre. No tengo dolor. Algunos de los condenados están a mi servicio. Caronte para ayudarte a cruzar, por tres monedas, el lago Estigia que separa el mundo de los vivos, y el infierno del Dante.
Cancerbero, que cuida las entradas de mis templos infernales. San Pedro que promete la gloria para los que se han portado bien en el mundo Católico. Sólo San Pedro se cree que soy su esclava porque ayudo a las almas a llegar hasta sus puertas glorificadas.
Mi vestido y mi forma son como tú imaginas que sean. Soy a tus designios, a tus caprichos, a tus miedos. ¿Te asustan los huesos comidos de los gusanos, limpios y sin una sola gota de carne?
Esos son los míos. Totalmente limpios y blancos. Totalmente blanqueados por el tiempo, los años, y los vientos que pasan por en medio de mis vestiduras para tocar tu rostro, helados, cuando temes recordarme porque sabes que estoy allí.
Para muchos soy amiga y fiesta. Beben tequila y comen pan a mi salud. Soy linda, soy una dama. Soy la Catrina, siempre elegante y bien vestida, lista para llevarlos a la última cita de amor: la que los lleva de este mundo al que sigue.
¿Pero para ti? ¿Quién soy para ti? Los temores encarnados, resucitados, si es que se puede resucitar a lo que ya no tiene vida alguna. ¿Pero que es la vida? ¿El estadío en el que amamos y glorificamos y comemos y bailamos? ¿Qué es la vida? ¿Sucesión de momentos incansables en los que deseamos comernos a trozos el tiempo que nos queda por delante porque no saben en que momento van a cruzarse conmigo?
Cruzarse conmigo. Como si eso fuera difícil. Como si, ya lo he dicho, no los acompañara a diario en todas sus labores y en todos los momentos acechando por el instante
en que van a estar listos para venirse a mi reino. Mi reino donde también se ama y se goza al lado del Macho Cabrío o de dulces cantos angélicos que no tienen fin.
Al lado de poderosos y desposeídos que comen todos de la misma fuente, que beben todos del mismo vino porque después de muertos todos somos iguales, todos somos perfectos, todos somos amados y hermosos y añorados.
Cuánta gente no hay que se convierte en alguien sólo a partir de que se ha muerto. El primo Juan que fue asesinado por Vicente nunca figuró más allá de la labor de Amador, pero cuando lo mataron en la cantina por esos siete balazos que le reclamaban la vida que él quería entregarle a Lupita que ya estaba comprometida con Vicente, entonces si se volvió una noticia, por lo menos para nosotros en el pueblo.
Herminia, la doña de las tortillas, esposa de Duarte, dueña de los siete árboles de naranjo en el patio bardeado que nadie veía se volvió importante en el momento en que el camión la atropelló lanzándola contra unos botes de basura, donde yo la esperaba para tomarla en mis brazos, abrazarla, amarla, mecerla, darle el último arruyo y luego la bendición de llevarla conmigo y terminar esa vida apagada y casi desapercibida.
Liliana y su bebé de seis meses, cuándo se volvieron importantes para Marcos. Cuándo. Cuando ya no pudo hacer nada por ellas, porque un camión de la basura decidió terminar con la disyuntiva que significaba su existencia. Y Marcos desde entonces que vive sin vivir, pensando sólo en mí y en el momento que he de terminar su existencia que para él es poco valiosa. Solamente cree que existe por sus cuadros, por sus pinturas que una y otra vez repiten entre sus tonalidades el trazo y el olor de la tragedia que respira.
Porque su tragedia mayor es respirar.
Entonces, soy la más deseada, la más querida, la más inadvertida y ansiada mujer que se encuentra más cerca de lo que quizá todos desearían.
Tengo la pasión helada, tengo el corazón perdido. Pero tengo muchos, muchos vivos a quienes remediar.
Porque bien vista la muerte es un remedio. Un remedio delicioso para los males que significan la existencia.
Para los pleitos, para las pobrezas, para el desamor, para la violencia. Soy la solución, la más perfecta consejera. La única que quita el dolor para siempre.
Su compañera, la Muerte.
Como soy entonces tan buena, todos me dan nombres que me achican, que me acercan, que me humanizan tal vez: soy entonces la huesuda, la catrina, la dama, la parca (para los que creen que son más cultos, como si después de muertos esto importara)
Y entonces es cuando me vuelvo cercana y en los panteones me ponen altares, en cada tumba siempre tengo mi huesito de dulce, la calaverita del santo patrono del sepulcro en que estén bebiendo pulque o mezcal o tequila los más finos, aguamiel los niños y las mujeres, churros con chocolate, panes, tostadas, todo tipo de deleites y festines para acordarse de mi. De mi y del muertito que ya tengo conmigo, y que ese día suelto desde mi reino para que vuelva al mundo a saludarlos, a sonreírles, a jalarles las patas en el panteón o en su casa por no haberle recordado.
Soy una fiesta de Cempasúchil amarillo que no deja ni un huequito a las lápidas. De cruces por todos lados, de quema de velas, de risas y de música porque recuerdan a los difuntos.
Antes me confundían con las Cihuateteos. Esas muertas de parto que volvían el día de muertos por los chamacos que dejaron en la tierra, y para las que dejaban escobas y metates y molcajetes en los cruces de caminos para evitar que llegaran a la casa a reclamarle a sus maridos vestidos y telas y niños como cuando estaban vivas.
Pero las Cihuateteos son mis hermanas. Mis compañeras. No son iguales a mí. Nadie en verdad es igual a mí. Nadie en Absoluto. Por más nombres que me pongan y con que me identifiquen, nunca serán iguales a mí.
Ni serán los elegidos, aunque hayan muerto el 31 de diciembre, el día de San Silvestre y que por eso les pasen las riendas de mi carreta y se conviertan en mi carretero, que con caballos con ojos de fuego y belfos que resoplan frío vayan por allí recogiendo las almas de los que ya deben ser transportados a mi reino. El carretero de la Muerte. Pero nunca la muerte misma. Nunca.
Son mis sirvientes. Siempre sigo siendo la reina entre ellos y para ellos, por ellos también. Porque ellos me entronizan en sus corridos y canciones, en sus odas y elegías, en sus novelas y sentidos, sentidísimos poemas. En sus pinturas y en sus óperas, porque en todas las culturas sean las que sean siempre hay un lugar muy importante donde me colocan y me rinden el tributo que merezco, como su compañera.
Unos me hacen caricaturas donde se burlan de mi forma y la que toman los que ya están en mi reino, mis muertitos. Otros me pintan tremenda y bestial. Otros más me hablan al oído y me murmuran sentidas frases para atraerme, para que esté meciéndolos en la noche como si no tuviera yo más que hacer que ocuparme de los poetas y los músicos y de los artistas.
¿Qué no saben que en las cantinas también tengo mucho trabajo? Y en la pelea y entre las pandillas y con los narcos. Ah como me gusta subirme en las troconas de los narcos con sus llantotas todas imponentes al lado de sus escuadras y sus cuernos de chivo cuando van a hacer negocios. Tocarles la nuca cuando están pactando un asunto de vida o muerte, y luego llevarlos conmigo cuando les tocó perder. Desa cosecha tengo jovencitos, y no tan jovencitos y de todas las edades. Guapos, feos, pero eso sí, todos muy entrones y valientes. Jajajajajaja. Para qué les sirve lo valientes si terminan siempre conmigo, abrazados de mí, llorando y temblando porque se desangran mientras yo les canto para que se tranquilicen y se dejen llevar. Para que no se aferren a una vida que ya no tienen. Que nunca tuvieron porque la vida que se liga al peligro no es vida. No puede serlo porque no se puede amar, no se puede abrazar un niño sin sentir el dolor tremendo de perderlo cuando nos maten o cuando se tenga que ir de nuestro lado. Mejor no digo las maneras porque me puedo poner muy triste y melancólica.
Porque también en mi reino hay chiquitos. Chiquitos hermosos de mejillas sonrosadas que a veces pasan de su vida material a mi vida inmaterial. Y esos sí que me duelen porque hubiera deseado sortear con ellos sus aventuras y sus amores y sus bailes y sus excursiones en medio del panteón para ver quien era el más valiente de sus amigos. Y a esos chiquitillos no les tocó. Unos se mueren porque se enferman, pues bueno. Esos los recibo con los brazos abiertos porque acaba conmigo su dolor. Y los llevo rápido y con muy bonitos cantos al cielo. Porque son angelitos que dejan la tierra para irle a cantar más pronto a Dios. Y a veces siento que Dios es un tacaño por querer tener cerca las almas de los niños que mejor debieran de seguir viviendo. Que pa que los quiere, que pa que los atesora si hay tantos y tantos querubines y serafines y ángeles y arcángeles. Para qué quiere a los niños.
Y lloro por los campos y bajo la luz de la luna paseando mi blanco manto que flota en el viento. Lágrimas saladas, sin carne. Lágrimas sin sangre. Lamentos continuos y dolorosos.
Otros niños se mueren por la gente mala que les hace daños. Esos me duelen todavía más porque no tienen dolor alguno que terminar y de repente lo que les terminan es la existencia.
Por eso siempre que puedo les secreteo que se cuiden y que yo los protegeré cuando su ángel se descuide. Pero tengo mucho trabajo. Mucho mucho trabajo y pues a veces no puedo impedir que lleguen llorando a mis brazos a preguntarme que fue lo que pasó.
(SILENCIO TERRIBLE CON MÚSICA MUY TRISTE)
Si tengo mucho trabajo. Entre los sicarios también soy muy solicitada. Ellos me invocan y me rezan y me piden para que les cuide lo único que yo quiero: su vida.
Me río. Me río de los sicarios porque derraman sangre pero tienen un miedo espantoso a que se derrame la de ellos. Cuando ellos mismos lo único que acortan es su camino hacia mis brazos. Hacia mis dulces y helados brazos.
Querida y odiada. Perdida y hallada. Soy su única y perpetua compañera.
También soy santa. Hasta santa terminé. La Santa Muerte toda hecha de resinas preparadas con tierra y huesos de panteón quesque para amuletos. Y las velas que me prenden hechas con pelo y grasa de muerto. Como si fuera cierto que pueden sacar pelos y grasas de muertos las charlatanas que a veces se dan a sí mismas el nombre de adivinas o de brujas. Grasas de pollos y pelos de puerco es lo que usan, pero las gentes se creen todo lo que les dicen. Por eso hacen estatuas mías de tamaño chico, mediano, grade, de resina, de oro, con piedras preciosas, para colgarse, para ponerse, para los altares.
Para ponerme mis flores y mis velas y mis ofrendas y mi agua y mi sal. Y para que cada vela de cada color sirva para que les ayude a una cosa distinta. Para que cada estatua mía que hacen de diferente color les proteja de cierta manera. Que contra la envidia, que para tener amor, que para tener dinero.
Cuando lo único que necesitan es a ellos mismos. Los humanos. Los inseguros y poco tranquilos humanos. Los frágiles humanos que yo cuido como mi grey. Y no soy Dios. No por ello me estoy comparando con el patrón.
No lo vayan a pensar porque nunca soy blasfema. Imaginen que haríamos si pierdo mi trabajo. Soy la única que lo ha hecho por siglos, la única que lo conoce bien y que se da la agilidad necesaria para andar de un lado a otro recogiendo cadáveres. Y hasta escuchando sus ruegos y lamentos y oraciones y secretos.
Porque vaya que hasta secretos me cuentan. Les digo. Los humanos así son.
Hoy es mi día, sin embargo. Hoy es mi día y entonces me tocan cantos y fiestas y pulque y aguamiel. Me toca la calabaza con piloncillo y las enchiladas de mole negro y el arroz colorado y el pollo en salsa y el puerco en carnitas.
Hoy es día de pan y de huesitos y de azúcar y de dulces y de chocolate y de café con piquete también.
Hoy es día de corridos y de música y de guitarras en medio de los panteones y de velas y de cruces bonitas.
Hoy es día de acordarse de que tienen un reino al que van a ir, pero sobre todo, una reina a la que van a adorar.
LA MUERTE. (Caravana)