Tuesday, October 04, 2005

La inutilidad de las horas vacías que se encadenan me está ahogando. Las noticias terribles que tuve de lo que te ha pasado, conmigo enfrente y sin poder salvarte, me aterran. Me aterran, me atenazan, me amordazan, me frustran y me encadenan. Quiero ser libre para ser fuerte para salvarte. Quiero hacerlo pero mi mente me hace jugarretas y me evado y me bloqueo, mientras al segundo siguiente me lamento o me culpo.
Sólo se que la seguridad que te di, que yo creía conveniente y verdadera era una burla. Y tu no podías decírmelo porque te amordazaban las palabras y las amenazas y el círculo de la violencia que estabas viviendo. Al lado mío, a mi espalda, frente a mí quizá. Nunca sabré por qué no abrí los ojos para ver lo que ocurría. Nunca sabré por que mi egoísmo fue más fuerte que el grito de auxilio desmenuzado en el aire que surcaban tus enormes ojos tristes y negros, cada vez más densos y profundos. Nunca sabré, espero horrorizada, cuando ocurrieron a ciencia cierta los hechos, como dicen los legistas, porque entonces me daré cuenta que tal vez yo también estaba allí, privada, bloqueada. Pensando demasiado en mi misma o en lo que me faltaba o en lo que quería o en lo que no tenía o en lo que quisiera tener. Quizá fijándome en mi propio miedo en lugar de ver el tuyo, que todas las noches querías que estuviera a tu lado dormida.
Dormida. Privada. Qué se yo. Sorda a tus gritos, a tu miedo. "Duermete niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá", y el coco dormía realmente en la otra cama. Era un coco terrible y nauseabundo. Más de lo que nunca podría imaginar. De hoy en delante los demonios permanecerán afuera, tal y como debió de haber sido siempre.

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