Hoy me tocó hacerme los análisis que me habían programado desde el 6 de noviembre en el IMSS para ver que onda con lo del proyecto BB; supuestamente el diagnóstico ya lo tienen, y estos análisis solamente son como un pretexto para poder programarme la cirugía que dicen los doctores que sin duda necesito.
Ir al hospital de ginecología, de alta especialidad, desde casa, fue toda una experiencia. Salí de noche, porque tuve que levantarme de madrugadita para poder llegar antes de las 7 de la mañana. Mi cita era a las 7:15, pero ya se sabe, es el seguro, hay que levantarse requetetemprano si uno quiere hacer menos fila, porque a mi y a otras treinta personas como mínimo nos citan a la misma hora. Cuando salí del rancho, había mucha neblina, la visibilidad realmente era muy poquita, y me fui no muy aprisa por toda la carretera run run pensando que me hallaría a alguien... pero ningún carro. Claro, quién se va a levantar tan tempranito para salirse a enfriar, mojar, enneblinar o algo parecido, verdad?.
Bueno, me seguí sin hallar policías. Y seguí y seguí. Recorrí el mismo camino que más tarde me llevaría una hora en sólo 15 minutos (así es de tardado cuando aparecen los elementos de tránsito) y seguí y seguí topándome con madrugadores apresurados que podían ir a más de 60 en zonas de 30 km por hora.
Luego llegué y en un predio que es un montón de tierra fea y con lodo, cerca del hospital, me estacioné, no sin que unos oportunistas me cobraran 20 pesos por pararme el tiempo que yo quisiera en un terreno que no es concesionado (???).
Y entré al hospital después de ir chacan chacan con mis tacones, rápido por todas las aceras que me separaban del laboratorio de análisis clínicos del segundo piso. Y dejé mis papeles como corresponde en el mostrador-cajita correcto de acuerdo a la hora de la cita (ya dije, junto con más de 20 más) y me fui a sentar. Toda la sala estaba muda, salvo las tres mujeres que estaban casi al lado mío, que ya se contaban sus historias de sangrados y cuenta de semanas (una estaba más que evidentemente embarazada) y no sé que tanto más.
Una señora, como un sombi, muy gorda y sufriendo se paró enfrente de todos nosotros. Vio con detenimiento cada una de las bancas. Una vez, otra vez. Y luego se paró enfrente del segundo bloque de asientos escrutando igual, silenciosamente sufriente, sin atreverse a pedirle a nadie su lugar, quizá consciente de que todos los demás nos habíamos levantado más temprano y por eso estabamos sentados. Y nadie le hizo caso. Quizá porque todos estabamos medio dormidos. Yo me di cuenta y fui y le di mi asiento. Entonces, cuando se vino a sentar después de que yo quité mi mochila para que lo hiciera, me di cuenta de que toda su cara estaba llena de lágrimas. Muda, se sentó en el que fue mi lugar.
Luego me hablaron por el micrófono y me fui a formar a la fila para que extrajeran 4 tubos de sangre para las pruebas. Caray, creo que nunca me habían sacado tanta.
Yo meditaba mientras tanto en lo que dice Erasmo de Rotterdam en su Elogio a la locura, donde afirma que las mujeres somos estultas en lo que se refiere a la maternidad. Y caray, creo que tiene razón. Pero también pensé que las que además de querer tener un hijo tenemos que someternos a examenes y tratamientos para poder encargarlo tenemos que ser doble, o triplemente estúpidas, porque no sólo conocemos por anticipado el sufrimiento que conlleva el embarazo, el parto, los cuidados, etcétera, sino que además nos sometemos a todo eso como mártires que se dejan atar, torturar y quemar finalmente en la hoguera.
Caray. Entonces llegué a la fila en donde debía formarme para que me hicieran el otro estudio, la ecografía. Y me dijeron que hasta después de las 9 de la mañana podría pasar. Yo, como siempre, tome aliadas e hice motín contra el guardia para poder pasar, porque ya nos habían dicho a todas que teníamos que llegar temprano. Y subimos hasta el segundo piso, al emporio femenino en donde todas iban y venían con batas esperando su estudio, caminando y contando sus respectivas historias. Las de semanas, porque las de sangrados u otras cosas permanecíamos en silencio. Y nos pasaron a otra sala, muy helada, sin vista al exterior, pequeña y sola, alejada de todo ese caminar, ir y venir de historias de todas las dimensiones y cuentas, para que nos sentaramos a esperar. Luego llegó la señorita que vendría para hacernos el estudio, y nos pasó en tandem a ponernos nuestras respectivas batas y esperar en un consultorio a que un doctor nuevo nos hiciera lo que correspondía. Unas por sangrados, otras por revisiones, otras por otras cosas. Y todas, como en una conciencia colectiva, nos veíamos unas a otras como si nos conociéramos. Pienso que todas estaban tan nerviosas como yo.
Cuando todo terminó, cuando el médico me dijo que había salido muy bien del estudio, y me entregó mi resultado, huí chacan chacan con los tacones directo para el carro a toda velocidad para irme a la oficina, a mi zaquizami-refugio, para poder volver a la vida normal, pensando cuando es que dimitir no significa cobardía, queriéndo sacudirme de inmediato todas las sensaciones extrañas que me produce ese lugar, ese lugar profundamente femenino.
HuíAhora que parece que todo va encaminandose a una solución cada vez más cercana, más definitiva.
Ir al hospital de ginecología, de alta especialidad, desde casa, fue toda una experiencia. Salí de noche, porque tuve que levantarme de madrugadita para poder llegar antes de las 7 de la mañana. Mi cita era a las 7:15, pero ya se sabe, es el seguro, hay que levantarse requetetemprano si uno quiere hacer menos fila, porque a mi y a otras treinta personas como mínimo nos citan a la misma hora. Cuando salí del rancho, había mucha neblina, la visibilidad realmente era muy poquita, y me fui no muy aprisa por toda la carretera run run pensando que me hallaría a alguien... pero ningún carro. Claro, quién se va a levantar tan tempranito para salirse a enfriar, mojar, enneblinar o algo parecido, verdad?.
Bueno, me seguí sin hallar policías. Y seguí y seguí. Recorrí el mismo camino que más tarde me llevaría una hora en sólo 15 minutos (así es de tardado cuando aparecen los elementos de tránsito) y seguí y seguí topándome con madrugadores apresurados que podían ir a más de 60 en zonas de 30 km por hora.
Luego llegué y en un predio que es un montón de tierra fea y con lodo, cerca del hospital, me estacioné, no sin que unos oportunistas me cobraran 20 pesos por pararme el tiempo que yo quisiera en un terreno que no es concesionado (???).
Y entré al hospital después de ir chacan chacan con mis tacones, rápido por todas las aceras que me separaban del laboratorio de análisis clínicos del segundo piso. Y dejé mis papeles como corresponde en el mostrador-cajita correcto de acuerdo a la hora de la cita (ya dije, junto con más de 20 más) y me fui a sentar. Toda la sala estaba muda, salvo las tres mujeres que estaban casi al lado mío, que ya se contaban sus historias de sangrados y cuenta de semanas (una estaba más que evidentemente embarazada) y no sé que tanto más.
Una señora, como un sombi, muy gorda y sufriendo se paró enfrente de todos nosotros. Vio con detenimiento cada una de las bancas. Una vez, otra vez. Y luego se paró enfrente del segundo bloque de asientos escrutando igual, silenciosamente sufriente, sin atreverse a pedirle a nadie su lugar, quizá consciente de que todos los demás nos habíamos levantado más temprano y por eso estabamos sentados. Y nadie le hizo caso. Quizá porque todos estabamos medio dormidos. Yo me di cuenta y fui y le di mi asiento. Entonces, cuando se vino a sentar después de que yo quité mi mochila para que lo hiciera, me di cuenta de que toda su cara estaba llena de lágrimas. Muda, se sentó en el que fue mi lugar.
Luego me hablaron por el micrófono y me fui a formar a la fila para que extrajeran 4 tubos de sangre para las pruebas. Caray, creo que nunca me habían sacado tanta.
Yo meditaba mientras tanto en lo que dice Erasmo de Rotterdam en su Elogio a la locura, donde afirma que las mujeres somos estultas en lo que se refiere a la maternidad. Y caray, creo que tiene razón. Pero también pensé que las que además de querer tener un hijo tenemos que someternos a examenes y tratamientos para poder encargarlo tenemos que ser doble, o triplemente estúpidas, porque no sólo conocemos por anticipado el sufrimiento que conlleva el embarazo, el parto, los cuidados, etcétera, sino que además nos sometemos a todo eso como mártires que se dejan atar, torturar y quemar finalmente en la hoguera.
Caray. Entonces llegué a la fila en donde debía formarme para que me hicieran el otro estudio, la ecografía. Y me dijeron que hasta después de las 9 de la mañana podría pasar. Yo, como siempre, tome aliadas e hice motín contra el guardia para poder pasar, porque ya nos habían dicho a todas que teníamos que llegar temprano. Y subimos hasta el segundo piso, al emporio femenino en donde todas iban y venían con batas esperando su estudio, caminando y contando sus respectivas historias. Las de semanas, porque las de sangrados u otras cosas permanecíamos en silencio. Y nos pasaron a otra sala, muy helada, sin vista al exterior, pequeña y sola, alejada de todo ese caminar, ir y venir de historias de todas las dimensiones y cuentas, para que nos sentaramos a esperar. Luego llegó la señorita que vendría para hacernos el estudio, y nos pasó en tandem a ponernos nuestras respectivas batas y esperar en un consultorio a que un doctor nuevo nos hiciera lo que correspondía. Unas por sangrados, otras por revisiones, otras por otras cosas. Y todas, como en una conciencia colectiva, nos veíamos unas a otras como si nos conociéramos. Pienso que todas estaban tan nerviosas como yo.
Cuando todo terminó, cuando el médico me dijo que había salido muy bien del estudio, y me entregó mi resultado, huí chacan chacan con los tacones directo para el carro a toda velocidad para irme a la oficina, a mi zaquizami-refugio, para poder volver a la vida normal, pensando cuando es que dimitir no significa cobardía, queriéndo sacudirme de inmediato todas las sensaciones extrañas que me produce ese lugar, ese lugar profundamente femenino.
HuíAhora que parece que todo va encaminandose a una solución cada vez más cercana, más definitiva.

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