De noviembre a enero tuve la bendita ocupación de dejar crecer mis uñas hasta volverme absolutament inútil. Luego se vino un frío del carajo, y bueno era de esperarse en pleno enero, y aparte de inútil me hallé aterida. No podía ni mecanografiar.
Entre sweteres y chamarras y broches y empalmes de todo tipo para el niño y para mí se me rompió la uña del dedo pulgar. Entonces me efadé y me las corté. Pero no les lloré porque ya había disfrutado el hecho de ser uñicamente inútil por tres largos y ominosos meses en los que me dediqué a limarme y acicalarme y echarme lanolina para proteger mis blancas y nacaradas y finas uñitas.
Pero sin privilegios de vida de señora acomodada. Tuve que lavar mientras tanto incluso trastes. Esto me daba pretexto para más crema y lanolina y lima y cuidados uñiles.
Ahora todo eso ha terminado y vuelvo a practicar deporte. Hasta maromas estoy aprendiendo a dar con salto y brinco y lujo de disfrutarlas.
Bendita rutina. También me aprendí la del Tai Chi. Ya estoy en la sincronía de la respiración para volverlo absolutamente lento como si estuviera en repetición.
Ah. Parece que ahora tengo otras ocupaciones. Ahora si podré amasar galletas ya que no seré uñicamente inútil por lo menos este año. O mientras me vuelve a dar la tendencia uñica intensa.

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