Dice el diccionario que amistad se define como la relación de afecto y confianza mutua entre personas. A mi me gustaría señalar lo que yo he aprendido de ayer a hoy.
A veces uno a un amigo le llama hermano. Y la relación no es exacta. Al hermano nos une un lazo consanguíneo; cuando somos pequeños competimos con él por el afecto de nuestros padres (bueno, en verdad esta competencia no acaba aunque tengamos 60 años); más grandecitos, competimos por otras muchas cosas. Nos jalamos los pelos, nos pegamos. Es una relación quizá muy estrecha, pero no puedo llamarla tampoco amistad. Hay confianza, siempre y cuando el hermano no vaya a sacar ventaja del secreto que tiene en algún momento para poder extorsionanrnos amenazando con que le dirá a papá o a mamá, todo depende de como sea conveniente. Ah, los hermanos pueden llegar a ser terribles. Nunca me atrevería a llamarlos amigos.
Para mi, un amigo es alguien que por elección decide tomarse su tiempo para invertirlo en nosotros. Para escucharnos, para brindarnos su cariño. Para aconsejarnos o reconvenirnos, también. Pero sobre todo, para compartir el tiempo y la confianza verdadera. Y cuando la relación de amistad crece y crece, ésta se transforma. Y la relación ya no sólo es de amistad, porque adscribirlo a esta definición es constreñirlo.
Una buena amiga que he perdido me dijo que, más que amigas, eramos hermanas del alma. De la misma familia álmica.
Por esta encarnación su manifestación en este mundo se ha ido, ha evolucionado. Se fue antes que yo, sin conseguir todos los sueños que me había platicado que quería cumplir en esta existencia. Espero con el corazón que realmente seamos de la misma familia álmica, porque entonces seguro en la siguiente vida nos volveremos a encontrar.
