Tuesday, September 02, 2008

Ahora lo sé

Dice el diccionario que amistad se define como la relación de afecto y confianza mutua entre personas. A mi me gustaría señalar lo que yo he aprendido de ayer a hoy.
A veces uno a un amigo le llama hermano. Y la relación no es exacta. Al hermano nos une un lazo consanguíneo; cuando somos pequeños competimos con él por el afecto de nuestros padres (bueno, en verdad esta competencia no acaba aunque tengamos 60 años); más grandecitos, competimos por otras muchas cosas. Nos jalamos los pelos, nos pegamos. Es una relación quizá muy estrecha, pero no puedo llamarla tampoco amistad. Hay confianza, siempre y cuando el hermano no vaya a sacar ventaja del secreto que tiene en algún momento para poder extorsionanrnos amenazando con que le dirá a papá o a mamá, todo depende de como sea conveniente. Ah, los hermanos pueden llegar a ser terribles. Nunca me atrevería a llamarlos amigos.
Para mi, un amigo es alguien que por elección decide tomarse su tiempo para invertirlo en nosotros. Para escucharnos, para brindarnos su cariño. Para aconsejarnos o reconvenirnos, también. Pero sobre todo, para compartir el tiempo y la confianza verdadera. Y cuando la relación de amistad crece y crece, ésta se transforma. Y la relación ya no sólo es de amistad, porque adscribirlo a esta definición es constreñirlo.
Una buena amiga que he perdido me dijo que, más que amigas, eramos hermanas del alma. De la misma familia álmica.
Por esta encarnación su manifestación en este mundo se ha ido, ha evolucionado. Se fue antes que yo, sin conseguir todos los sueños que me había platicado que quería cumplir en esta existencia. Espero con el corazón que realmente seamos de la misma familia álmica, porque entonces seguro en la siguiente vida nos volveremos a encontrar.

Gracias

Gracias, Rosy, por haber estado en mi vida.
Gracias por existir, y por haber compartido tu tiempo conmigo.
Gracias por enseñarme tantas cosas, entre ellas, a cambiar la perspectiva, a encontrarle el lado bueno a la vida, con alegría y con amor.
Gracias por tus sonrisas, por tu excelente humor.
Gracias por haber aliviado la tensión con alguna bromilla, para terminar riéndonos hasta de nosotras mismas.
Gracias por el café, y por tener siempre leche para los que te la pedíamos, aunque tu no tomabas.
Gracias por haber sido tan accesible, amable y atenta.
Gracias por tu honestidad, por ser una persona verdaderamente entera.
Gracias por compartirte siempre con mucho amor a todos nosotros.
Desde el fondo de mi corazón te lo digo, y desde el fondo de mi corazón te digo que el hueco que dejaste en mi interior no va a poder llenarlo nada. Tal vez iré sanando, pero el proceso será largo. Ya se, porque tu me lo enseñaste, que las etapas hay que vivirlas para poder cerrar círculos. Gracias por haber sido tan insistente para que tomara el curso con Eduardo y aprendiera a dar el golpe 101 para lograr romper la piedra. Gracias por haberte hermanado conmigo.
Gracias, finalmente, por haber sido una de mis grandes maestras. Gracias, también, porque me permitiste decírtelo antes de que te fueras, cuando te dije que te veías más bonita que nunca -y en verdad era así- el último día que te vi a pesar de estar un poco atribulada. Gracias porque en vida me dejaste decírtelo, me diste la oportunidad.
Gracias, gran Padre Creador, porque me permitiste vivir y convivir con una de tus más amadas hijas.