El domingo por la mañana tuve algunos detalles. Algunos detalles de como es que recibirá su castigo la Hidra que vivió en mi casa, disfrazada de hombre, de padre, de esposo.
Yo no supe distinguir sus bufidos, su respiración. Ni siquiera fui capaz de percibir sus siete cabezas justo después de que lograba caer en mi profundo sueño, después de andar por allí trabajando para poder comer.
Yo amé a un monstruo sin saber que lo era. Cerré mis sentidos de percepción, desoí lo que pudieran decirme o aconsejarme. Me abandoné a un proyecto imaginario, el proyecto imaginario de mi hogar, de mi familia. Un proyecto que creí posible con ese monstruo... disfrazado, con una máscara perfecta, de persona de bien.
El día que nos casamos el Cristo de la Iglesia estaba cubierto por alguna manta que no recuerdo. Seguramente no quiso presenciar mi estupidez, mi ceguera, al monstruo bufando cada vez que me inclinaba para orar, satisfecho por haberme engañado igual que al resto de las personas que estábamos en ese lugar.
A través de mis ojos les hice ver que era una buena persona con unos pocos vicios humanos, como beber, trabajar sin obtener mucho dinero mientras se acumulan las deudas, comer y dedicar más tiempo a sus amigos que a su familia.
No vi la realidad. Y lo más probable es que no quise verla. Me dormí en mi sueño de crear un hogar, y tuve un bebé con él. La energía universal, que sabía que deseaba ese hijo como nada en la vida, me premió y me dió un chiquillo hermoso, sano, gordo. Y me dediqué a criarlo lo mejor que pude. Llegó un momento en que la hidra, que ya no aguantaba por mucho más su cascarón humano, empezó a mostrar las caras de su verdadero yo. Y tuve que salir a trabajar para darle de comer a mi pequeño, para vestirlo, para seguirle proporcionando lo que creía que era necesario. Y en mi ceguera, mi fé en las personas, y mi personal estupidez consuetudinaria, seguí dormida, y le encargué al monstruo que cuidara a nuestro hijo mientras yo iba a trabajar.
Mientras tanto, mi interior gritaba y gritaba que algo estaba mal. Me mudé a la cama de mi pequeño, a dormir con él porque intuía de algún modo que tenía que estar allí. El monstruo cada vez soportaba menos su disfraz, no podía con él las 24 horas del día. Y finalmente, se mostró casi como era (sólo logré ver tres de sus cabezas) y lo eché.
Cuando se fué empezó lo peor de la pesadilla. Cuando descubrí que ese terrible monstruo no tenía sólo tres cabezas, sino las siete completas, y que cuando me iba a conseguir algo de pan las sacaba frente a nuestro pequeño y lo sodomizaba, y lo golpeaba. Incluso, cuando tuvo la oportunidad, lo llevó con sus amigos, iguales a él, para que le hicieran exactamente lo mismo, o algo peor.
Y la energía universal me dió un nuevo regalo. Me enteré de lo que ocurría y lo paré. La hidra, furiosa, revolviéndose ya sin máscaras, me amenazó de mil maneras. Resistí la tentación de volverme autista y desconocer lo que ocurría, y luché. Luché de todas las formas que pude, y el niño, valiente y dolorido, también luchó, a mi lado, desde su pequeño sitio, tan trascendente.
Las leyes mexicanas, por supuesto, apoyaron al monstruo sintiéndose profundamente identificados con él, mientras que a nosotros nos daban largas y largas, sin promesa alguna. Un buen día la policía del mundo, los Estados Unidos, se interesó en un asunto relacionado con monstruos e hidras que se hallaban en su territorio, y cuyo poderío se extendía a otros países. Y empezaron a investigar.
Mientras tanto, yo investigué de metodos holísticos para poder empujar a la energía universal para que se hiciera lo que tanto esperaba, la justicia, y conocí a Eduardo. Él me enseñó que somos responsables del cien por ciento de lo que ocurre en nuestras vidas. Primero entré en shock. Como es posible, me dije, si yo amo a mi pequeño y siempre lo he amado. Cómo es posible (y todavía no me lo explico del todo). Y como mi co creación, este monstruo, esta hidra de siete cabezas, salió demente y perfecto. Quien dijo que era mala para inventar pesadillas, ¿no es cierto? sólo que esta pesadilla es más fea y terrible de lo que mi mente consciente pudo haber intentado crear. Aún no lo entiendo del todo. Y así, sin entenderlo, me he dado a la tarea de borrar esa co creación como Eduardo me enseñó.
De lo que supe el domingo estoy todavía conmocionada, asqueada, dolorida, y nuevamente tengo el terrible deseo de volverme autista y desconectarme, aunque sé que eso no ocurrirá.
Ya lo lloré. Ya lloré mi desesperación y mi angustia, y mi profundo miedo por haber estado en una situación en la que el monstruo tuvo algún día más poder. Por ahora, en mi ignorancia estúpida, sólo agradezco que la pesadilla haya llegado a su fin. Yo seguiré borrando de todos modos.
El monstruo recibirá el peor de los castigos, en un país donde parece que sí se castiga a ese tipo de malvados. Que absurdo. En lugar de que la ley de acá hubiera hecho lo suyo, tienen los gringos que venir a salvarnos. A salvarnos de nosotros mismos. Tal parece que realmente lo necesitamos con nuestras instituciones tan irremediablemente podridas. Y tanto que politicamente he defendido al Che, y odiado a esos milicianos verdes.