La gente está muy preocupada siempre por lo que puede o no puede comer. En nuestra vida cotidiana tenemos que poner atención a los conteos de los contenidos calóricos, a las hormonas que hacen que los animales mejoren sus productos y a los pesticidas y fertilizantes que mejoran los cultivos, pero los contaminan, contaminación que luego nos provoca problemas de salud.
La comida. Cuando eramos chicos, cenabamos huevo todas las noches, con tortillas de harina acompañadas de una rica coca-cola. Ahora, sabemos que el huevo está todo lleno de colesterol, hormonas, calorías, y las tortillas de harina son simplemente una aberración que no debería de existir: engordan, te dan gastritis, son poco sanas, etcétera, etcétera. La coca no se diga, si tiene unos usos tan diversos que hasta sirve para desensarrar los sanitarios.
Y, enferbecidos, vamos por allí a la sección de comida sana de las tiendas, donde nos venden alimentos orgánicos. Como si los que siempre hemos tenido fueran inorgánicos.
De los embutidos, tanto las salchichas como el jamón son lo peor de lo peor de lo peor de lo peor de los productos alimentarios producidos jamás (o eso nos dicen, quien puede saberlo).
Vivimos en el terror de llevarnos cualquier cosa a la boca: no sea que nos enfermemos de quien sabe cual número de enfermedades de todo tipo.
Yo, cuando me siento enfrente de mi plato de comida, simplemente agradezco a Dios por haberme proporcionado lo necesario para alimentarme, y tomo la comida con amor. Se que no voy a engordar ni morirme, porque todo lo que llega a mi boca ha sido bendecido y purificado por el amor de Dios.
Ojalá y todas las personas amaran un poco más lo que comen, en vez de torturarse pensando que ya se lo comieron y no debieron de habérselo comido.
