Nunca, hasta ayer, supe lo que significaba la frase "eutanasia misericordiosa". Y lo supe de la forma más terrible que se puede saber.
Mi Pachi Pachi estaba enfermo. Llevaba un mes así y me fui a tomar mi curso de reiki. Acto seguido, le hice terapia para intentar curarlo. Ya estaba muy debilitado porque estaba muy flaco y además tenía una fuerte deshidratación, por la temporadilla de diarrea y vómitos que tuvo. Quise componerlo con suero oral, pero pienso que en esa etapa debió de haber sido intravenoso. Pobre de mi Pachi Pachi. Y entonces le pasé energía como había aprendido, pero algunas de las palabras de Sarva se me olvidaron. Que primero se iba a "salir" la enfermedad, que se pondría más malo y que ya después iba a sanar. Y por lo tanto, cuando vi que ya no quizo comer (se me había acabado la vitamina para darle) y que ya no se podía parar me limité a sacarlo de la casa, seguir terqueándole con el suero y ofrecerle comida sin muchos resultados. El pues se desesperó con el nuevo estado en el que estaba su enfermedad y arrastrándose todo el día, como pudo, se cambió de sitio más de una vez. Fue en el primer día de su agonía.
Tenía los ojos totalmente extraviados y ya no era él. Una noche antes yo ya había llorado y me había despedido dejándolo morir si así lo quería. Liberándolo, en pocas palabras. Pero la agonía siguió.
En el segundo día de su agonía siguió con los ojos extraviados, sin poder caminar y ladrando y arrastrándose desesperado. Fue entonces que tuve la feliz idea de darle cuatro pastillas de clorfenamina compuesta a ver si con eso acababa de sufir. Y solamente agarró un buen viaje, pero no se murió. Para ese día, las moscas de muerto lo rodeaban y se le paraban a cada segundo, por todos lados.
Al tercer día ya no se me ocurría como matarlo sin que fuera todo horrible y sangriento. Para entonces, ya tenía gusanillos hirviendo por aquí y por allá y sospecho (porque no me atreví a verlo) que ya no tenía ojos.
Entonces Rafa dijo que una solución era atropellarlo ya que estaba enmedio del camino, pero como ya estaba tan débil, yo pensé que lo mejor era enterrarlo vivo. Por lo menos no era tan sangriento. Y Rafa hizo el pozo. Luego lo agarró como pudo con unas bolsas de plástico porque verdaderamente daba asco y lo metió al pozo. Luego lo empezó a tapar todo con tierra y yo veía como en el área donde estaba su pancita nada más subían y bajaban los terrones húmedos de arcilla con la que lo tapaba Rafa.
Yo le pedí perdón. Luego empezó a lanzar esos gritillos que no se me olvidan, y Rafa a aplanarle la tierra que estaba sobre su cabeza hasta que ya no se oía nada. Entonces nos metimos a la casa y nos bañamos para ir a los asuntos pendientes. Yo con el dolor y la tristeza de que ya por fin se había muerto.
Cuando salí de bañarme fui al cuarto a ver su tumba. Y allí estaban las perritas de Adolfo, las hermanas de Pachi Pachi olfateando toda la zona. Nunca las había visto allí. Que yo supiera, jamás habían ido a la casa. Cuando se dieron cuenta de mi presencia, olfatearon un poco más y se fueron corriendo entre el maizal de regreso a su casa.
Entonces pensé que tal vez mi Pachi Pachi, liberado de sus ataduras carnales, blanco como la luz divina, les había ido a decir que ya se iba. Y ellas, que tal vez no le creían, fueron a ver si era verdad y luego que vieron que era cierto se regresaron.
O tal vez el les lanzó un último mensaje pidiéndoles auxilio en su idioma perruno mental y ellas vinieron pero descubrieron que ya no podía hacerse nada. Quien sabe.
Lo que sí es cierto es que el hueco que dejó en casa y en nuestra vida va a ser muy difícil de llenar.

